Creatividad e IA: el problema de ser demasiado correctos
Creatividad antigausiana en tiempos de la super inteligencia.
La inteligencia artificial es muy buena dando respuestas correctas, demasiado buena.
Aquí está el drama… en su perfección, sus obsesión por lo estadísticamente correcto.
Imaginemos por un momento que pudiéramos convertir a una persona en un gráfico de araña. En cada eje ponemos una cosa: cultura, viajes, infancia, relaciones, educación, profesión, música, alimentación, fracasos, traumas, ilusiones, miedos, referentes... podríamos añadir cien más.
El dibujo sería bastante raro.
Uno ha viajado muchísimo pero ha leído poco. Otro tiene una cultura musical brutal y no sabe nada de tecnología. Uno creció en un pueblo de 800 habitantes. Otro ha vivido en cinco países. Alguien lleva veinte años viendo cine japonés. Otro sabe absolutamente todo sobre fútbol y no ha pisado un museo en su vida.
Y luego está todo lo que difícilmente podríamos meter en un gráfico.
Una conversación que escuchaste con diecisiete años y que, por algún motivo, todavía recuerdas. Una relación que acabó fatal. Un profesor. Tu padre. Un viaje absurdo. El barrio donde creciste. Una película que viste de pequeño y que, además, seguramente recuerdas mal.
Si pudiéramos dibujar todo eso, saldría una forma irregular, llena de picos y agujeros. Y sobre todo, saldría una figura única, tantas como personas.
El potencial de la creatividad
está en la deformidad
Creo que una parte importante de nuestra creatividad sale precisamente de ahí. No solo de lo que sabemos.
También de lo que NO sabemos, de lo que NO hemos vivido, de lo que entendimos mal, de aquello a lo que NO prestamos demasiada atención y también aquellas cosas que los demás consideran completamente irrelevantes pero que a nosotros, por alguna razón, nos interesan muchísimo.
Por eso das el mismo briefing a dos personas y no obtienes la misma idea.
Y por eso me interesan tanto los equipos.
Cuando juntas a cinco personas no juntas cinco cerebros. Juntas cinco deformidades. Donde uno tiene un agujero, otro tiene un pico. Uno trae una referencia que nadie conocía. Otro relaciona dos cosas que aparentemente no tenían nada que ver. Otro dice una tontería… Y la tontería se malinterpreta y provoca una idea. Y la idea crece, alimentada por el resto del equipo.
Y entonces metemos una IA en la habitación
Su gráfico sería extrañamente plano. Seguramente gigantesco, pero sin defiormidades.
Ha leído más que nosotros. Muchísimo más. Puede hablar de cine, literatura, fotografía, física, publicidad, programación, historia, filosofía, arquitectura, música. Puede pasar de Shakespeare a TikTok, de Kubrick a una campaña de Nike y de Aristóteles a los memes de internet sin levantarse de la silla.
Fantástico!
Pero su gráfico tendría algo inquietante… sería demasiado regular.
La IA tiene muchísimas referencias, pero no tiene una biografía como la nuestra.
Sabe mucho sobre la infancia, pero no tuvo infancia.
Ha leído casi toda la literatura de ficción y no ficción sobre el amor, pero no se enamoró de alguien que no debía.
No tiene una película favorita porque la vio con su padre un domingo de 2004. Ni tuvo abuelos, ni un profesor o profesora preferidos y nunca ha olido el petricor.
Lo que sí tiene es una cantidad descomunal de información creada por nosotros. Y una capacidad impresionante para encontrar patrones dentro de todo eso.
Por eso, cuando le preguntamos algo, tiene cierta tendencia a llevarnos hacia un lugar muy común. Hacia lo probable. Hacia el centro.
Gauss entra en escena
Pensemos en una campana de Gauss. En el centro se acumula lo que tiene más probabilidades de ocurrir. A medida que nos desplazamos hacia los extremos aparecen cosas menos frecuentes.
Ahora hagamos una pequeña trampa intelectual y utilicemos esa campana para pensar en creatividad.
En el centro ponemos lo reconocible.
Lo razonable.
Lo que funciona.
Lo correcto.
Y ahí la IA juega muy bien.
Pídele una campaña emotiva de Navidad.
Ya sabes cómo será: Una familia, una ausencia, un reencuentro, un niño… U abuelo tiene bastantes números. Algún objeto que guarda un recuerdo. Música que empieza pequeña y va creciendo. Y giro final. Probablemente el guion estará bien.
Ese es el problema.
Estará bien. Pero en publicidad lo que está bien NO está bien.
Todo estará en su sitio, en el lugar común.
A veces lo correcto tiene ese problema, que no pasa nada.
Hay que desplazarse del centro de la campana de Gauss
De ahí viene una idea que cada vez me interesa más: la creatividad antigaussiana.
Irse hacia los lados de la campana. Hablo de buscar asociaciones menos probables. Referencias excesivamente personales. Errores. Accidentes. Interpretaciones equivocadas. Cosas que, sobre el papel, no deberían estar juntas.
Ese territorio donde alguien propone algo y durante unos segundos nadie sabe si es una idea genial o una auténtica estupidez. Ahí pasan cosas.
Seguramemnte crear no consiste solamente en encontrar una buena solución, consiste en alejarse lo suficiente de la solución más probable.
Entonces, ¿qué hacemos con la IA?
Puede que llevemos un tiempo haciéndonos la pregunta equivocada. Hablamos mucho de conseguir mejores respuestas de la IA. Mejores prompts. Mejores modelos. Más conocimiento. Más precisión. Vale.
Pero quizá también necesitamos hacer exactamente lo contrario. Sacarla de sitio. Contradecirla. Mezclar referencias que no tocarían. Pedirle algo, mirar la respuesta y destruir precisamente la parte que funciona demasiado bien. Forzar asociaciones. Introducir ruido.
Competir con una IA para ver quién sabe más cosas empieza a parecer una batalla bastante absurda. Ella va a ganar. Pero nosotros tenemos otra cosa.
Tenemos nuestra deformidad. Una biografía. Malas decisiones. Obsesiones. Recuerdos imperfectos. Experiencias que no sirven aparentemente para nada hasta que, diez años después, aparecen en mitad de una conversación y conectan con otra cosa.
Y tenemos, además, las deformidades de los demás.
Por eso sospecho que cuanto mejores sean las inteligencias artificiales, más interesantes serán los equipos formados por personas realmente diferentes.
No cinco personas que hayan estudiado lo mismo, hayan visto las mismas películas, sigan las mismas cuentas y estén de acuerdo en todo. Eso se parece demasiado a volver al centro.
Me interesan más cinco gráficos de araña que, al superponerlos, parezcan un desastre. Que haya picos. Que haya agujeros. Que alguien moleste un poco.
Porque si la máquina ya es extraordinariamente buena encontrando el centro de la campana, nosotros tendremos que aprender a empujar hacia los lados.
A lo improbable.
A lo incómodo.
A lo que todavía no sabemos si funciona.
Porque lo correcto funciona. Claro que funciona.
Pero lo correcto rara vez sorprende. No incomoda. No deja cicatriz. Se entiende, se aprueba… y se olvida.
Y crear no debería consistir en acertar en el centro. Debería consistir en encontrar algo por lo que valga la pena salirse de él.

